Sí es posible encontrar una agenda común, sin extremismos, sin posiciones pero con intereses transparentes. Les adjunto un editorial de la ex presidenta de Chile, que no considero como país ejemplar pero que tiene algunas ideas que rescatar.
Yo comparto que se tiene que crear riqueza para luchar contra la pobreza, pero no comparto la teoría del “chorreo”. Para luchar contra la pobreza se requieren políticas sociales definidas, focalizadas.
Chile es un ejemplo de que aquella tesis de que no era posible hacer las dos cosas, crecimiento económico e igualdad de oportunidades, es una falacia. En Chile hemos logrado crecer económicamente y a la vez derrotar la pobreza.
Hay un circuito virtuoso entre protección social, cohesión social (o igualdad de oportunidades) y crecimiento económico. La inversión en nuestra gente tiene un doble valor; por un lado un valor esencial, ético, humano, de desarrollo, de oportunidades; pero también es un factor económico de mayor competitividad.
Ahorrar en tiempos de vacas gordas
En los últimos cinco años, los países de la región vimos crecer nuestras economías de la mano de los altos precios de nuestros commodities. Ustedes lo tuvieron con el petróleo, nosotros con el cobre. Su precio llegó a duplicar sus máximos históricos.
¿Qué dijimos en el gobierno? Que no era posible basar un incremento del gasto público en ingresos contingentes, como a principios del siglo pasado. Señalamos que la cantidad de recursos con que contábamos nos permitiría tener presupuestos expansivos y mantener los volúmenes de gasto social para ir generando mayores condiciones de desarrollo humano, pero a la vez, ahorrar para los periodos de vacas flacas y dirigir los recursos hacia áreas claves para el futuro: innovación, formación de capital humano y ahorro para dar sustento financiero a las nuevas pensiones.
Este debate de qué hacer con los mayores ingresos del cobre marcó los primeros años de mi gobierno, y las presiones de mayor gasto provinieron de todo el espectro político. La verdad es que nosotros tomamos una decisión que probablemente en su momento no fue ni compartida ni comprendida por la mayoría, pero nos pareció que era la decisión más seria. Mentiría yo si dijera que nosotros previmos la crisis, hubiéramos ganado el Premio Nobel de Economía. Pero sí tuvimos esa percepción de que si estábamos con recursos suficientes y cumplíamos nuestro compromiso con nuestro pueblo, podíamos darnos la seriedad, aunque no fuera popular, de no ser populistas y guardar esos recursos.
Primero la productividad
Soy una convencida de que América Latina cuenta con cimientos sólidos para crecer aprovechando la consolidación democrática y la mejor posición económica relativa que hoy la favorece. Pero pende sobre ella la amenaza de no saber aprovechar la oportunidad. La pregunta es ¿cómo afianzar el camino al desarrollo y el crecimiento económico que hemos iniciado?
Es fundamental elevar la productividad, especialmente con más innovación y mayor formación de capital. La mayor parte de la región clasifica hoy por debajo de los países de ingreso medio.
Elevar la productividad implica innovar, incorporar nuevos productos, diversificar, añadir valor agregado, y añadir tecnología a nuestras exportaciones, porque no basta exportar cobre, plátanos, salmones o camarones; necesitamos desarrollar y exportar tecnología minera, técnicas para preservar la inocuidad de los alimentos, vacunas para prevenir las enfermedades de los peces.
Implica también adoptar o adaptar nuevos procesos productivos y organizarnos de mejor manera para optimizar el tiempo y la tecnología.
Requerimos contar con una infraestructura adecuada que nos permita dar respuesta a las necesidades en términos de tiempo, pero también a disminuir los costos de transporte, que muchas veces son un factor muy complejo de competitividad, y para ello la regulación estatal tiene que ser una ayuda y no un obstáculo, por lo cual es clave alinear el trabajo del Estado y la agenda de reformas con los ritmos productivos y comerciales modernos.
Estado y mercado
¿Cómo se consigue esto? A mediados del siglo pasado algunos planteaban que solo la planificación centralizada aseguraba mayor productividad y crecimiento. Los opositores a esta idea sostuvieron que bastaba con dejar funcionar las fuerzas del mercado para que el sector privado creara mayor valor y riqueza. Hoy día sabemos que ambos planteamientos extremos están equivocados.
Nadie duda que son las personas, respondiendo a incentivos de mercado, quienes generan el grueso de la innovación productiva. Sostener lo contrario es pensar como aquel legislador que quiso derogar la ley de la oferta y la demanda. Pero así como el mercado tiene grandes virtudes, también a veces falla, como ha quedado demostrado hasta la saciedad con la crisis financiera surgida de la expansión irracional de los derivados financieros en el mercado estadounidense y más allá de él. Puede ocurrir, por ejemplo, que los incentivos privados no sean suficientes para que se realice una inversión que es socialmente deseable; o que esa inversión no se concrete por falta de coordinación entre los agentes privados.
Por eso los países necesitan contar no solo con las fuerzas propias, sino con una política de innovación y desarrollo. No sentarnos a esperar que los agentes del mercado operen, esperanzados en el solo otorgamiento de beneficios tributarios. Por el contrario, se debe definir y desplegar una política activa de colaboración público-privada, con participación de empresas, universidades, centros de investigación y organismos estatales a través de estímulos específicos y localizados.
Chile es un ejemplo de que aquella tesis de que no era posible hacer las dos cosas, crecimiento económico e igualdad de oportunidades, es una falacia. En Chile hemos logrado crecer económicamente y a la vez derrotar la pobreza.
Hay un circuito virtuoso entre protección social, cohesión social (o igualdad de oportunidades) y crecimiento económico. La inversión en nuestra gente tiene un doble valor; por un lado un valor esencial, ético, humano, de desarrollo, de oportunidades; pero también es un factor económico de mayor competitividad.
Ahorrar en tiempos de vacas gordas
En los últimos cinco años, los países de la región vimos crecer nuestras economías de la mano de los altos precios de nuestros commodities. Ustedes lo tuvieron con el petróleo, nosotros con el cobre. Su precio llegó a duplicar sus máximos históricos.
¿Qué dijimos en el gobierno? Que no era posible basar un incremento del gasto público en ingresos contingentes, como a principios del siglo pasado. Señalamos que la cantidad de recursos con que contábamos nos permitiría tener presupuestos expansivos y mantener los volúmenes de gasto social para ir generando mayores condiciones de desarrollo humano, pero a la vez, ahorrar para los periodos de vacas flacas y dirigir los recursos hacia áreas claves para el futuro: innovación, formación de capital humano y ahorro para dar sustento financiero a las nuevas pensiones.
Este debate de qué hacer con los mayores ingresos del cobre marcó los primeros años de mi gobierno, y las presiones de mayor gasto provinieron de todo el espectro político. La verdad es que nosotros tomamos una decisión que probablemente en su momento no fue ni compartida ni comprendida por la mayoría, pero nos pareció que era la decisión más seria. Mentiría yo si dijera que nosotros previmos la crisis, hubiéramos ganado el Premio Nobel de Economía. Pero sí tuvimos esa percepción de que si estábamos con recursos suficientes y cumplíamos nuestro compromiso con nuestro pueblo, podíamos darnos la seriedad, aunque no fuera popular, de no ser populistas y guardar esos recursos.
Primero la productividad
Soy una convencida de que América Latina cuenta con cimientos sólidos para crecer aprovechando la consolidación democrática y la mejor posición económica relativa que hoy la favorece. Pero pende sobre ella la amenaza de no saber aprovechar la oportunidad. La pregunta es ¿cómo afianzar el camino al desarrollo y el crecimiento económico que hemos iniciado?
Es fundamental elevar la productividad, especialmente con más innovación y mayor formación de capital. La mayor parte de la región clasifica hoy por debajo de los países de ingreso medio.
Elevar la productividad implica innovar, incorporar nuevos productos, diversificar, añadir valor agregado, y añadir tecnología a nuestras exportaciones, porque no basta exportar cobre, plátanos, salmones o camarones; necesitamos desarrollar y exportar tecnología minera, técnicas para preservar la inocuidad de los alimentos, vacunas para prevenir las enfermedades de los peces.
Implica también adoptar o adaptar nuevos procesos productivos y organizarnos de mejor manera para optimizar el tiempo y la tecnología.
Requerimos contar con una infraestructura adecuada que nos permita dar respuesta a las necesidades en términos de tiempo, pero también a disminuir los costos de transporte, que muchas veces son un factor muy complejo de competitividad, y para ello la regulación estatal tiene que ser una ayuda y no un obstáculo, por lo cual es clave alinear el trabajo del Estado y la agenda de reformas con los ritmos productivos y comerciales modernos.
Estado y mercado
¿Cómo se consigue esto? A mediados del siglo pasado algunos planteaban que solo la planificación centralizada aseguraba mayor productividad y crecimiento. Los opositores a esta idea sostuvieron que bastaba con dejar funcionar las fuerzas del mercado para que el sector privado creara mayor valor y riqueza. Hoy día sabemos que ambos planteamientos extremos están equivocados.
Nadie duda que son las personas, respondiendo a incentivos de mercado, quienes generan el grueso de la innovación productiva. Sostener lo contrario es pensar como aquel legislador que quiso derogar la ley de la oferta y la demanda. Pero así como el mercado tiene grandes virtudes, también a veces falla, como ha quedado demostrado hasta la saciedad con la crisis financiera surgida de la expansión irracional de los derivados financieros en el mercado estadounidense y más allá de él. Puede ocurrir, por ejemplo, que los incentivos privados no sean suficientes para que se realice una inversión que es socialmente deseable; o que esa inversión no se concrete por falta de coordinación entre los agentes privados.
Por eso los países necesitan contar no solo con las fuerzas propias, sino con una política de innovación y desarrollo. No sentarnos a esperar que los agentes del mercado operen, esperanzados en el solo otorgamiento de beneficios tributarios. Por el contrario, se debe definir y desplegar una política activa de colaboración público-privada, con participación de empresas, universidades, centros de investigación y organismos estatales a través de estímulos específicos y localizados.
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